martes, mayo 16, 2006

"La moneda"

Para inaguarar el recien resucitado blog, os dejo un breve relato qu escribí hace poco para cierto concurso de cierto foro... espero que os guste... yo lo llamo

LA MONEDA


La vieja moneda se deslizaba entre los dedos de Julián.
Su abuelo le enseñó ese truco cuando apenas tenía 6 años. Se la ponía delante de las narices y movía su mano como un titiritero, arriba y abajo, pasándosela de un dedo a otro hasta llegar al final. Esto fascinaba a Julián… Cuando crees que tus padres son los conocedores de la verdad absoluta y que eres inmortal por naturaleza, un truco como ese puede parecerte realmente mágico.
Practicaba todas las tardes después de la escuela, encerrándose en su cuarto y dándole vueltas a la moneda de su abuelo una y otra vez. No importaba cuantas veces se le cayera, la recogía y lo volvía a intentar. Nunca se rendía, ese truco era como una droga hipnótica que lo tenía enganchado, ausentándole de cualquier otra cosa exterior a ella.
Con los años obtuvo una maestría absoluta. Se convirtió en una costumbre que volvía a él en cualquier momento del día. Cuando la movía entre sus dedos todas las preocupaciones desaparecían. Podía parecer estúpido que un truco tan tonto y viejo como ese tranquilizara a Julián, pero realmente eso no le importaba; cuando la moneda giraba, el mundo avanzaba más despacio. Era como sentirse el dueño de una fuerza absoluta, de un secreto del que solo su abuelo y él eran conocedores.
Al cabo de un tiempo él fue el único dueño de esa magia. El día del entierro de su abuelo fue como una patada en el estómago. Nunca se había sentido así, tan incapaz de luchar por lo que quería, por lo que creía. Aquella soleada mañana de Agosto giró sin parar la moneda que su querido abuelo le regaló para su sexto cumpleaños. La movía tan rápidamente que parecía fusionarse con su temblorosa mano. Quería parar ese momento, volver atrás, decirle a su abuelo todo lo que sentía y no haberle dejado prácticamente abandonado en el hospital, sin molestarse siquiera en hacerle una corta visita. Pero fue inútil, el mundo avanzaba y su abuelo se convertía en simple comida para gusanos.
- Siempre lo recordaremos, siempre permanecerá en nuestros corazones – decía el cura que oficiaba el funeral.
“No es verdad, mentiroso hijo de puta,”- pensaba con rabia Julián -,” todos se olvidarán de él. Ya lo hicimos cuando estaba aún vivo, ¿por qué crees que no lo olvidaremos ahora que ni siquiera existe?”.
Julián al principio se enfureció, intentó llorar, pero nunca derramó ni una gota. Se había rendido. Se había convertido en lo que su abuelo nunca fue: un simple y aburrido perdedor. Así que como el que tira la toalla cansado ya de luchar, se guardó la querida moneda de su abuelo en el bolsillo, enterrando con ella su más preciado secreto en el fondo del corazón.
Los recuerdos volvían a su cabeza como pequeños demonios que le acuchillaban detrás de la nuca. Su pulso iba siendo cada vez más débil, pero aún así era suficiente como para girar la moneda una y otra vez.
La utilizaba como una especie de catalizador del dolor. Distraía su mente con ella, para intentar olvidar la angustia que se siente cuando parte de tus tripas se han convertido en una masa blandengue parecida a la mantequilla.
Al principio era mejor aislarse en cualquier otro lugar escondido en su memoria, sin tener que preocuparse por el hecho de que se estaba desangrando bajo una máquina que pesaba como un elefante sobrealimentado y obeso. La hipnosis de la moneda comenzaba a funcionar, notaba como se alejaba el dolor y viajaba hasta sus años de infancia, de adolescencia… pero después volvían los malditos recuerdos, los pequeños demonios, los remordimientos.
No le gustó lo que vio, así que sin dejar de girar la moneda, apartó la vista hacia uno de los rincones de la sala de máquinas. En la profunda oscuridad dos pequeños ojos rojos le observaban con satisfacción. La maldita rata seguía viva.
En su cabeza aparecía una imagen mental del dueño de la fábrica en la que trabajaba. Un avaricioso y maleducado gordo con bigote que heredó el negocio de su padre, el delgaducho hijo de perra que le hizo el contrato de guardia de seguridad. Podían parecer muy diferentes el uno del otro, pero en realidad eran la misma mierda, solo que con diferente olor a perfume de ricachón.
“A veces la mierda no huele como tal”, le solía decir su abuelo, “a veces se esconde tras el bonito y dulce olor de un sabroso pastel de chocolate… pero cuando le incas el diente ya es demasiado tarde; has mordido la jodida mierda de otro… y créeme prenda, comer mierda no se olvida nunca, pero eso no evita que repitas plato”.
Julián soltó una carcajada. Ahora era consciente de las sabias palabras de su abuelo. Cada vez que renovaba el miserable contrato de guardia de seguridad, ya sea con el delgaducho padre o con el sudoroso hijo, le pegaba un gran bocado a la mierda que soltaban entre los dos. Y en ese mismo instante estaba cagando todo lo que había comido en vida. Y no era poco.

La velocidad a la que movía la moneda era cada vez más lenta… Julián sabía lo que significaba eso. Se estaba muriendo. Notaba la sangre caliente salir justo por encima de la entrepierna, y el fuerte dolor que sintió al principio se fue transformando en un molesto cosquilleo por todo el cuerpo. Era una manera asquerosa de morir. “Una puta rata”, pensó Julián, “todo por una puta rata come-roña”.
La había estado persiguiendo toda la noche. Era más grande de lo normal, algo vieja, pero aún así rápida. La fábrica no cumplía con las normas de sanidad, pero eso se arreglaba fácilmente con una llamada del jefe a unos viejos amigos del ayuntamiento. El trabajo sucio, en cambio, le tocaba al propio Julián. Una de sus tareas consistía en dar caza a los roedores que revoloteaban por los pasillos. Al principio lo hacía con antiguas trampas en las que ponía un trozo de su cena para atraerlas. Pero con el tiempo se dio cuenta de que era más fácil (y divertido) perseguirlas con su porra hasta arrinconarlas. Le producía un extraño placer sádico el aplastar sus diminutos cerebritos contra el sucio suelo de la central. Además, era lo mejor que sabía hacer desde que aprendió el truco de la moneda.
Cuando por fin tuvo a la más grande y vieja que había visto en todo el tiempo que llevaba trabajando allí (más de 20 años si su mente no fallaba), todo cambió. Estaba escondida bajo una de las maquinas más grandes de toda la sala. Otra de las que tampoco cumplía con las normativas de seguridad. Pero como le pasaba a su jefe, en ese instante a Julián no le importó el minucioso detalle. Se agachó un poco y se adentró con la porra levantada en el espacio que quedaba entre la maquinaria y el suelo. De golpe, sonó un fuerte ruido, como de cadenas rompiéndose. A Julián solo le dio tiempo a sacar la parte de arriba de su cuerpo cuando el amasijo de chatarra se le hundió encima.
Primero sonó el ruido de carne aplastada. Era como el que se oía cuando Julián aplastaba la cabeza de las ratas, pero aumentado por el eco de la sala. La porra quedó atrapada debajo y la vieja moneda que guardaba en el bolsillo de su chaqueta saltó para caer al lado de su temblorosa mano derecha.
El grito que vino después sonó como si se hubieran abierto las puertas del infierno y todos los pecadores ardientes chillaran a la vez. Después vinieron las suplicas, los llantos. Pero pronto cesaron. No había nadie a menos de 20 kilómetros. Estaba solo, rodeado de ratas y con la gran convicción de que iba a morir esa misma noche. Pero entre lágrimas, cuando miró a su derecha observó la vieja moneda que, como por arte de magia, había caído al lado de su mano.
Ya había pasado poco más de una hora de eso y los ojitos rojos brillantes se habían multiplicado considerablemente. Cada vez aparecían más y más ratas a su alrededor. Mientras pasaba el tiempo se acercaban lentamente hasta Julián, como atraídas por el intenso olor a carne y sangre desparramada.
Julián estaba muy asustado. No por el hecho de morir, del que ya se había hecho a la idea, sino por el cada vez más alarmante número de ratas. Al principio parecían curiosas, pero pronto sus miradas se llenaron de hambrienta satisfacción. Sabía lo que significaba eso. Desde hacía años él las había estado persiguiendo, las había matado una a una. Y después de tanto tiempo, ellas tenían su venganza. Podía parecer sacado de un macabro relato de Stephen King o Lovecraft, un grupo de ratas que habían planeado una cruel venganza contra su asesino durante años. Pero en esos momentos, Julián lo vio tan real como el dolor de su estómago aplastado.
Giró la moneda más deprisa que nunca, incluso más que el día en el que su abuelo dejó de existir para el mundo y se convirtió en un frío trozo de piedra con su nombre, una foto y una cita estúpida de un libro que nunca leyó. Ahora visualizaba su propia lápida con una gran foto suya y un letrero gigantesco que decía: “Julián Márquez Muñoz, buena persona, gran trabajador y excelente alimento para las ratas”. Las lágrimas volvían a caer de sus ojos.
La primera se acercó con miedo, poco a poco, parándose a pocos metros para luego saltar al brazo izquierdo. Julián dejó caer la moneda y agarró con las pocas fuerzas que le quedaban el cuello de la sucia rata. En ese mismo instante otra apareció por detrás y le mordió en el hombro derecho. Julián soltó un grito y pegó con la rata que tenía agarrada con la izquierda a la rata de su derecha. Sonaron como dos bolas de billar pegándose con fuerza. Las dos siguientes saltaron a su abdomen, arrancando la vieja camisa del uniforme llena de grasa hasta llegar a la piel. No le dio tiempo de reaccionar a apartarlas, otras tres se le lanzaron al cuello y a la cara. Una le arrancó el ojo derecho con una de sus diminutas patitas, mientras que otras dos mordían con rabia su cuello. Cada vez aparecían más. Julián sintió un corte profundo en el centro del pecho. Las ratas le habían abierto el pecho y comenzaban a atacarle por dentro.
Aparecían por todas partes, dispuestas a coger uno de los trozos del pastel en el que Julián se había convertido. Todo comenzó a volverse oscuro y solo quedaba el olor a alcantarilla que dejaban las ratas tras su paso. Lo poco que sentía provenía de las manos, donde los mordiscos de los roedores se convertían en leves cosquillas para un hombre con un pie (o dos) en la tumba.
Sintió un gran dolor detrás del cuello, como si le hubieran clavado una aguja larga y fina con lentitud. Julián dejó de ver y la última imagen que apareció en su cabeza fue la de las manos de su abuelo haciendo girar una moneda. En uno de los costados aparecía su cara. Al principio era un chico joven, pero mientras las manos arrugadas de su abuelo giraban la moneda, la imagen de la cara de Julián cambiaba. Se iba haciendo cada vez más vieja, más cansada. La imagen adoptó una mueca de dolor mientras lentamente el ojo derecho caía desgarrado.
Finalmente, la cara de la moneda desapareció y Julián se sumergió lentamente en la oscuridad de la muerte.
Justo allí, tirado junto al cadáver roído de un viejo guardia de seguridad, quedó abandonada una antigua moneda roída por el óxido y el tiempo. Nunca nadie más la volvería a girar, desapareciendo así el secreto que un sabio abuelo había enseñado a su fascinado nieto. Y así, entre ratas y silencio, murió la magia de la moneda. Para siempre jamás.

FIN
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Weno, si habeis llegado hasta aquí es que sus habeis leído el texto o simplemente lo habéis pasao para leer mis cachondos comentarios... sea lo que sea lo que hayais hecho, dejad vuestros comentarios, que me haría más ilusión que a Isabel Preysler un Ferrero Roché...

Muchas gracias y, como no, frasecita:

"No sois vuestra cuenta corriente. No sois el coche que tenéis, ni el contenido de vuestra cartera. No sois vuestros pantalones. Sois la mierda cantante y danzante del mundo".

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Y al año siguiente.... dejó de ser tan perro

En un acto de locura y frikismo el ser anteriormente conocido como Neömog ha decidido reaunudar su viejo blog, amado por muchos al igual que desconocido por todo el mundo...

Vale, ya dejo las pijerías y pedanterías varias... ¡Que he vuelto coño! Sé que mis admiradores me han hechado de menos y mi club de fans ha estado preocupado por si me habían raptado o me habían metido droga en los bolsillos, pero no hay porque alarmarse más, el frikerio, la tonteria y las ganas de escribir han vuelto... y no, Coto Matamoros no ha escrito otro libro..

Me comprometo (esta vez sí) a actualizar el blog como mínimo una vez a la semana para los que les guste compartir críticas, relatos y demás experiencias extrasensoriales se pasen a leer mis extraños y "potitos" escritos...

Sin más decir que he vuelto más cabezón que nunca... pa cagarse vamos..

























(Misteriosa foto donde se puede apreciar la resurrección del tunante NeöMog)



Sin más y para despedirme, añadiré como siempre una de esas frases que tanto me gustan:

"Tuco, amigo; en la vida hay dos clases de hombres, los que apuntan y los que cavan... y tu cavas"

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